Cinco, cinco son los meses que llevo en esta gran ciudad
llamada Madrid. Aún echo de menos aquellos días en los que iba al instituto y
tardaba tan solo cinco minutos, aquellas mañanas heladas en los que al hablar
salía vaho de mi boca y el frío congelaba mis huesos, las campanadas de la
torre del Salvador que me levantaban. Echo de menos todos esos almuerzos en
Muñoz y ese ruido que hacía el agua de la fuente del Torico. Esos paseos hacia
en ensanche que me parecía que estaban muy lejos de mi casa, las meriendas en
el Carrel en casa de mi tía y de mi abuela, las tardes interminables en la
Glorieta, echo de menos mi tierra.
Atrás he dejado una vida tranquila para adentrarme en una
ciudad donde la gente anda deprisa, el metro pasa, una hora para llegar a tu destino,
taxis, gente y más gente. Una ciudad
llena de oportunidades, una ciudad en la
que el tiempo pasa rápidamente.
Poca gente queda en Teruel, todos se han ido a ciudades más
grandes donde esperan que sus sueños se cumplan, donde les brindan más oportunidades
de las que pueden encontrar en un ciudad tan pequeña en la que ni siquiera las
grandes empresas, como McDonals, Zara… que están en todos los rincones del
mundo, quieren invertir, la única capital de provincia que no tiene tren
directo hacia Madrid. Una ciudad en la que la mayoría de la gente joven tiene
que salir para conseguir sus metas, la provincia menos poblada cuyos pueblos
están vacíos de personas que pisan sus calles y la gente que queda son aquellos
que tienen en su vieja memoria la última vez que nació allí un niño.
Somos pocos habitantes, por lo tanto una ciudad olvidada por
aquellos que están el poder porque somos pocos los que les votamos, aun así es
una provincia llena de rincones maravillosos, llena de historia, de pueblos que
guardan mil maravillas…sin duda, Teruel existe.
Ana Almazán Martín